La historia de Palencia y provincia se remonta al Paleolítico, como demuestran los instrumentos líticos del Achelense, hallados en las terrazas del río Pisuerga, y las numerosas cuevas naturales que dieron cobijo a los moradores de la época.
A partir de aquí, los testimonios dan cuenta de una tierra que comenzó a poblarse en la segunda mitad del IV milenio antes de Cristo.
Los primeros palentinos de los que tenemos constancia buscaron su asentamiento junto a los ríos, como fue el caso de Palenzuela o Bárcena de Campos.
Hay que destacar también los yacimientos del grupo cultural de Cogotas I, dentro del período del Bronce Medio, poniendo los ejemplos de la zona norte y los más representativos del sur, que evidencian que Palencia ya se repartía en dos grandes áreas bien diferenciadas, económica y socialmente.
En la Edad del Hierro dos pueblos se repartían la provincia: los cántabros dominaban la franja norte y los vacceos se asentaban en el área centro y sur, compartiendo espacio con los arévacos.
Ambos vivieron tranquilos hasta que los romanos decidieron extender sus redes por los pagos celtibéricos, aunque para imponer su voluntad tuvieron que luchar fuerte contre el ejército vacceo. De la lenta romanización y entrada en la Historia del territorio han dejado muestras los más antiguos autores, como El historiador griego Appiano, que nos cuenta la cruenta emboscada que tendieron los palentinos a las tropas romanas con ocasión de una requisa de trigo. También Plinio el Viejo nombra a los Palantini y da cuenta de la existencia de la misteriosa Fuente Tamárisca en el norte de la provincia.
Los Vacceos habían apoyado a Numancia con alimentos, para que resistieran la invasión romana, lo que desató las iras de Lucio Lucino Lúculo. Los mejores generales lucharon contra Palantia como Emilio Lépido en el 137 a.C. y por fin quien la dominó: Escipión el Africano.
Al final Roma se hizo con el poder y las transformaciones y cambios tuvieron su efecto, dejando huella tanto en la lengua como en las costumbres, alterando el orden social, político, económico y administrativo. Surgían así las primeras ciudades romanas: Pisoraca en Herrera de Pisuerga, que debe su origen al establecimiento de la Legión Macedónica, Lacóbriga, cerca de la actual Carrión de los Condes y Pallantia (distinguiendo entre la Pallantia arévaca (la actual Palenzuela) yla Pallantia vaccea (Palencia).
Las muestras de lo dicho se hacen palpables en la villa tardorromana de Quintanilla de la Cueza, con preciosos mosaicos y los hipocastum, es decir, los primeros enrojes y glorias, las calefacciones más rústicas, que aún hoy perviven en muchas villas castellanas y palentinas. Pero el mejor exponente es la villa romana de La Olmeda, con mosaicos únicos y de gran calidad, destacando el de Aquiles en Skyros.
La sociedad vaccea practicaba un colectivismo agrario que en un principio pervivió. Con el dominio romano mejoró la técnica agrícola y se introdujo la propiedad privada. También se desarrolló la ganadería.
A partir el siglo II las ciudades decaen y las villas cobran auge. El siglo III destaca por las crisis sociales y el auge de las villas. Se concentra la propiedad y se crean latifundios. Los siglos IV y V fueron de crecimiento si bien hubo crisis debidas principalmente a las invasiones de los pueblos bárbaros.
Fueron los visigodos quienes tomaron las riendas de la tierra palentina tras despedazarse el Imperio Romano. Trajeron la paz, el sosiego y una etapa de esplendor nunca antes conocida a la tierra que dio lugar a los denominados Campos Góticos. Su preferencia por zonas rurales y escasamente pobladas, hicieron de la futura Castilla su territorio por excelencia. Instalaron en la capital la sede de su Corte y nos dejaron para la posteridad la Cripta de San Antolin, debajo de la Catedral y la basílica de San Juan de Baños, fundada por Recesvinto. Son de especial importancia sus necrópolis, y entre ellas las de Herrera.
La permeabilidad religiosa de los romanos, permitió la introducción de divinidades y cultos orientales. En el siglo IV se difunde el cristianismo, que alcanzará carta de naturaleza cuando en el año 586, el monarca visigodo Recaredo, se convierta al catolicismo y declare a esta religión como la oficial de su pueblo. Sin embargo, la falta de definición del dogma, facilita la existencia de herejías como la de los «priscilianistas» que prenderá en Palencia y subsistirá en ella durante dos siglos. La huella material del cristianismo en nuestra ciudad, nos la da el crismón de una estela funeraria cuyo estado de conservación no permite su datación. La primera noticia de un obispo palentino, se remonta al año 433.
El priscilianismo se condenó como herejía en el II Concilio de Toledo (527).
Tomando como patrón las divisiones territoriales romanas, en el siglo VII la Iglesia estableció los límites de las provincias eclesiásticas. La diócesis de Palencia pasó a pertenecer a la provincia «cartaginense» cuya metrópoli era Toledo.
Durante el reinado visigodo,la Iglesia se convirtió en el foco irradiador de cultura que fue durante muchos siglos, a través de sus obispos y clérigos seglares y regulares. Los centros de formación del clero eran las Escuelas Episcopales y Monacales, donde sus miembros aprendían a escribir, leer y cantar los textos litúrgicos. Fue entre todas famosa la de Palencia por la personalidad y el prestigio del obispo Conancio, director espiritual de San Fructuoso, quien estudió en la escuela episcopal palentina. Diez años después de la muerte de Conancio, en el año 649, ocupa la sede Ascario, quien conoció una época de esplendor de la iglesia palentina: construcción de la cripta visigótica de San Antolin, con la llegada de las reliquias del santo, y la basílica de San Juan de Baños a 12 kilómetros de la capital. Todo ello supone una cierta importancia de la Palencia visigoda.
La ocupación de la Península Ibérica por parte de los musulmanes se limitó a los territorios situados al sur del Tajo. En el valle del Duero se establecieron algunas guarniciones beréberes que desaparecieron a mediados del siglo VIII. De esta forma el valle del Duero quedó como una tierra de nadie, entre Al-Andalus al sur, y el reino astur al norte. Apenas quedó población en este territorio.
La montaña palentina se repobló de forma espontánea durante el siglo IX, en forma de núcleos familiares que se apropiaban directamente de las tierras baldías y se dedicaban al cultivo de cereales, huertos y a la actividad ganadera. El Conde Nuño Núñez y su esposa Argilo firmaban el «Fuero de Brañosera», el primero de España.
La mayor parte del territorio de Palencia fue repoblada durante el reinado de Alfonso III, en el último tercio del siglo IX. Este tipo de repoblación ya suele ser oficial y se hace por el rey en persona o por delegados reales. En líneas generales la provincia siguió un proceso repoblador que se inició en la comarca de Saldaña para continuar luego por Tierra de Campos y el Cerrato, en especial el triángulo formado por Carrión, Cisneros y Astudillo. La historia sigue su curso y en Palencia es imprescindible recordar la importancia que empezó a adquirir el Camino de Santiago después del año 1000 a su paso y cruce por la provincia. La Ruta Jacobea impulsó el comercio y el trasiego de mercaderes y viajeros hacia Compostela que propiciaron un despegue de la vida urbana en los municipios de Frómista, Carrión de los Condes y Villalcázar de Sirga. Finalmente, y ya acabándose el siglo X, se repoblaron Dueñas y Monzón, continuando este proceso de repoblación durante los siglos X y XI,
La sociedad surgida del repoblamiento era básicamente rural, organizada en pequeñas aldeas con fuertes lazos de solidaridad interna, en la que tuvieron gran importancia los pequeños propietarios libres.
Por otra parte la nobleza, (Condes de Saldaña, Carrión y Monzón) se fortalece y también las instituciones eclesiásticas (Monasterios de San Félix en Cisneros; de San Isidro, cerca de Dueñas y Santa María de Mave en el norte de la provincia).
De forma paralela, el colectivo judío se acomodaba en más de veinte localidades de la provincia.
La colonización fue obra de castellanos y leoneses. En un principio el río Pisuerga fue frontera entre el reino de León y el incipiente condado de Castilla. A partir del siglo IX Castilla y León se disputaron la zona de Tierra de Campos situada al oeste del Pisuerga. Allí tuvo lugar la batalla de Tamarón en el año 1037, en la que murió el último rey leonés Bermudo III y Fernando, el vencedor, se proclamó rey de Castilla y León, desapareciendo la monarquía astur-leonesa. A mediados del siglo XII, los reinos se separaron y volvieron a surgir las disputas. Con la unificación en 1230 de los reinos de Castilla y León concluyeron las disputas.
La ciudad de Palencia comienza a tomar forma a partir del siglo XI, momento en el que se restaura la antigua diócesis palentina y se entrega al obispo el señorío de la capital, en tiempos de don Sancho III el Mayor de Navarra. Consejero de don Sancho fue don Ponce, de origen navarro, quien, según el autor d ela Silva Palentina, era perfectísimo maestro en la doctrina eclesiástica. A él le corresponde el honor, protegido por el rey, de restablecer la cátedra episcopal de forma efectiva en Palencia.
A partir de este hecho la ciudad comenzó a crecer en torno a la iglesia de San Antolin, sobre todo con población eclesiástica. Al lado, se construyó el Alcázar y se instaló el mercado. A partir de este núcleo, Palencia se expansiona hacia el sur. La iglesia de San Miguel se construye en la segunda mitad del siglo XI y a su alrededor surge otro núcleo. A la vez nacen el barrio de Medina, entre la iglesia y el río Carrión, y el Barrio Nuevo, al sureste de San Antolin. Esta primera expansión se debe fundamentalmente a la inmigración procedente de zonas rurales cercanas.
Don Sancho concede a sus pobladores exenciones de tributos y otros privilegios. Y tiene buen cuidado, sobre todo, de robustecer la autoridad eclesiástica.
El casco urbano se amuralla después del impulso dado por Sancho III, si bien los límites de la muralla se rebasan con el crecimiento de la población y el despegue de la actividad económica.
Su hijo, Fernando I, no hace más que continuar y reafirmar la obra restauradora de su padre. La ciudad adquiere nueva pujanza y pronto llegará a desempeñar un papel importante enla Historiade Castilla y León.
Alfonso VI confirma a su maestro el obispo don Rodrigo los privilegios que ya venían disfrutando los prelados palentinos. A partir de entonces Palencia figura ya como sede de Cortes y Concilios.
En 1113 se celebra el primero de estos Concilios para buscar remedio a los problemas que por entonces afectaban ala Iglesiay al Estado; y al que se celebra en 1129 asisten Reyes de Castilla.
Reafirmando el resurgimiento de la ciudad, Alfonso VII y su hermana doña Sancha continúan favoreciendo a los palentinos con muchas mercedes y privilegios.
Las relaciones entre el señorío y la ciudad se plasman en el Fuero de 1180, otorgado por el obispo don Raimundo. Muy poco después, Alfonso VIII concede a los obispos de Palencia el privilegio de nombrar a los alcaldes del concejo, lo que desataría numerosos conflictos entre el obispo y los vecinos, como el de 1300 durante el cual algunos vecinos armados con cuchillos estuvieron a punto de acabar con el propio obispo. Los obispos tuvieron que pedir la confirmación de este privilegio en no pocas ocasiones al rey.
Bajo el reinado de este monarca, los obispos palentinos obtuvieron el pleno dominio sobre moros y judíos que poblaban la ciudad y lugares que formaban el señorío de Pernía que luego fue condado. Desde entonces los obispos de Palencia ostentaban el título de Condes de Pernía.
Palencia alcanza bajo el reinado del vencedor de las Navas su cenit como núcleo de importancia histórica. El rey instituye el primer Concejo libre después de haber dado a los vecinos un alcalde de hermandad y haber dividido la jurisdicción del Cabildo en un barrio formado a extramuros de la ciudad, el que hoy se denomina «La Puebla».
Después del siglo XII se traslada el mercado al extremo sur de la ciudad. La margen izquierda del Carrión y el Barrio de La Puebla estaban habitados por agricultores y en torno a San Miguel se estableció una nueva clase de artesanos y mercaderes que más tarde se asentaría también en el Barrio de La Puebla.
Los palentinos correspondieron lealmente a la protección de Alfonso VIIi y enviaron a la célebre batalla de las Navas de Tolosa a sus mejores guerreros a las órdenes del obispo de don Tello. Los palentinos tienen una intervención esforzada en esta batalla decisiva para la Cristiandad, añaden una cruz a su castillo en el escudo de armas de la ciudad. Es en este reinado cuando se hace realidad el mote heráldico de la ciudad: «En Palencia, armas y ciencia».
El obispo de Palencia, Tello Téllez de Meneses creó el «Estudium generale», una escuela catedralicia, que entre 1208? Y 1212, bajo la protección real y el apoyo del episcopado, se convirtió en la Universidad de Palencia. Si bien en un principio alcanzó gran notoriedad, la falta de medios, y la creación por parte de Alfonso IX de los estudios generales de Salamanca, la hizo desaparecer a los treinta años de su fundación.
Desaparecida la universidad, no por ello perdió Palencia su preponderancia en la historia de Castilla. En 1256 Alfonso X el Sabio concede a Palencia el fuero real que acababa de formar y la otorgó otras mercedes. Durante la minoría de edad de Fernando IV los palentinos permanecieron fieles a doña María de Molina y en la de Alfonso XI su solar fue otra vez escenario de agitados episodios.
En 1318, el vecindario se amotinó contra la autoridad del obispo y asaltó el alcázar. La represión fue dura subiendo al cadalso cuarenta de los amotinados.
Un episodio de relieve histórico muy apreciado por los palentinos se registra en el reinado de don Juan I (1388). En él se consagra el heroísmo y abnegación de sus mujeres. El Duque de Lancáster, por el hecho de estar casado con Constanza, hija de don Pedro y María de Padilla, se consideraba como rey de Castilla y con ayuda del rey portugués penetró por Galicia con intención de conquistar estos reinos y de apoderarse de Palencia en un momento en que sus hombres de aras estaban ausentes, estando únicamente dentro del recinto amurallado sus mujeres, niños y ancianos. Las mujeres, con heroica decisión, se aprestaron a la defensa y ocuparon los puestos de combate, con tal denuedo, que lograron hacer desistir al invasor de su intento de apoderarse de la ciudad. Esta hazaña de las mujeres palentinas fue recompensada por el rey Juan I, que dio a las dueñas de esta ciudad el privilegio de usar bandas de oro encima de los tocados y ropas, privilegio exclusivo, hasta entonces, de los caballeros. Esta costumbre ha quedado y aún perdura en el traje regional palentino.
Puede atribuirse también a este memorable episodio la designación de Palencia para celebrar las bodas del príncipe don Enrique con doña Catalina de Lancáster, con lo que se ponía fin a las discordias originadas por la sucesión de la corona.
La intervención de los palentinos durante el azaroso período que precedió a la subida al trono de la reina Isabel también fue muy importante. Palencia tuvo en aquel período hombres de pro que jugaron un papel preponderante en aquellos sucesos históricos. En 1465, los palentinos proclamaron Rey al infante don Alfonso.
Durante el siglo XV Palencia experimentó un notable crecimiento y prosperidad. La ciudad se expandió hacia el sur y el este. El nuevo recinto amurallado incorporaba la iglesia de San Pablo y los terrenos en torno a la iglesia de San Francisco. Y en los albores del XVI se incorporaban La Puebla de San Lázaro y la zona que se extendía más al sur de la ciudad. Hacia 1530 la ciudad contaba con 7.168 habitantes. Carrión también había alcanzado cierta importancia debido a sus ferias y sobre todo a la actividad textil. En Palencia, la mayor parte de la actividad manufacturera (tejedores, tundidores, pellejeros...), se concentra en el barrio de La Puebla donde trabajaba la mayor parte de los artesanos dedicados a la fabricación de paños.
Durante la Baja Edad Media la administración local creció significativamente. El concejo regulaba el abastecimiento local, la policía urbanística, el avecindamiento, l seguridad ciudadana, el mantenimiento de oficios públicos (pregonero, médico, verdugo, campanero, etc.), e incluso la vigilancia de la moral pública.
El concejo palentino fue un caso peculiar en la Meseta castellana: los cargos municipales eran nombrados por el obispo en vez de por el rey, como sucedía en otras ciudades de realengo. Además los oficios municipales, merino, mayordomo, diputados... no eran ocupados de forma vitalicia por caballeros. El primero de marzo de cada año, la ciudad proponía una lista de candidatos al obispo, el cual seleccionaba cuatro alcaldes y doce regidores.
Los palentinos lucharon por desvincularse el yugo señorial, y aunque no lo lograron, a finales del siglo XV la intervención dela Coronaera cada vez mayor y la institución señorial se encontraba muy debilitada.
Las disputas entre el obispo y el concejo durante el siglo XV determinan la intervención real que introduce la figura del corregidor, un delegado real, que reduce el poder del obispo.
El poder real se fortalece en el siglo XVI tras la batalla de Villalar. Palencia formó parte en el bando comunero, oponiéndose tenazmente a su obispo partidario del emperador, que tuvo que refugiarse en su casa-fortaleza de Villamuriel. Hasta allí fueron los comuneros, los cuales quemaron y destruyeron el palacio que el obispo tenía junto a la iglesia, derribando parte de la torre de la misma. Sofocado el movimiento comunero, el emperador castigó a la ciudad de Palencia a pagar una fuerte suma al obispo, parte de la cual dedicó a la reconstrucción de la torre.
A mediados de este siglo la bancarrota de la monarquía provoca las enajenaciones de bienes y cargos públicos, y las regidurías (de transmisión hereditaria) se venden a la oligarquía urbana. Esto, unido a la descomposición del señorío en 1574, privan de representatividad al municipio que queda en manos de unas pocas familias: los «veintidós». Estas familias se hacen con dos votos en Cortes en 1666 y se libran de la dependencia fiscal a Toro.
Con el reformismo borbónico, a la figura del corregidor se une la figura del intendente, con amplias competencias en policía, justicia, finanzas y guerra.
Tras los motines en 1766 se crean las figuras de diputados del Común y procurador síndico personero, elegidos por el pueblo y encargados de defender los intereses del pueblo en lo relacionado con los abastos.
Tal situación se mantendrá hasta la implantación del sistema constitucional en el primer tercio del siglo XIX.
La producción agraria crece de forma considerable hasta la mitad del siglo XVI. Por otra parte nace una industria textil basada en el trabajo de la lana. Todo ello unido a la comercialización de los productos a través del sistema de ferias y mercados y a la creación de actividades secundarias y terciarias, genera una época de prosperidad que durará hasta finales de siglo, en la que Palencia y Castilla constituyen el corazón económico y demográfico del imperio.
La bancarrota de la monarquía lleva a un aumento de la presión fiscal, acaba la moderación de las rentas de la tierra, de los derechos señoriales y fiscales. La época de prosperidad finaliza.
En el siglo XVII, la política internacional de los Habsburgo exigió unos gastos desorbitantes a la monarquía española. Para sufragar estos gastos los reyes no dudaron en aumentar impuestos y en aliarse con cuantos pudieran contribuir a sostener económicamente la monarquía. Se procedió a la enajenación masiva de tierras baldías y concejiles.
La producción agraria no crece desde 1580 y a partir de 1600 decrece. El Estado, la aristocracia y los municipios se endeudan. La burguesía comercial invierte en la compra de títulos y rentas. Las malas cosechas y las epidemias agravan la situación del campesinado que se empobrece y ya no puede consumir productos manufacturados. Se reduce la demanda de bienes industriales, y las villas y mercados que crecieron durante el siglo pasado ahora languidecen. La ciudad de Palencia tiene 11526 habitantes en 1587, en 1599 tiene 5.143 habitantes.
Felipe II vendió pueblos de realengo a ricos aristócratas. Otros pueblos como Cisneros o Becerril pudieron comprar su libertad. A Cisneros le costó cuatro millones de maravedíes, a Becerril, nueve.
Durante el siglo XVI fueron vendidos cerca de cincuenta pueblos del centro de la provincia.
La sociedad se ve reducida al dominio de la aristocracia, del clero y de los oligarcas urbanos, que apoyados por el rey viven de la actividad rentista, sin inversión productiva, lo que impide la recuperación económica.
En 1700 ejércitos de vagos, mendigos y pobres de solemnidad pueblan la ciudad y la provincia de Palencia. La peste y las epidemias se ceban sobre una población que malvive.
El siglo XVIII es un período de recuperación de la actividad y la población en Palencia, aunque no alcanzó los niveles del siglo XVI.
La agricultura (cereal y viñedo) es la principal actividad económica y debido a su baja productividad la que más población ocupa.
La propiedad de la tierra no está en manos del labrador. Según el censo de Godoy, a fines del siglo XVIII, sólo el 12% del campesinado era propietario. Y dentro de ese porcentaje se encuentran los pequeños propietario del norte de la provincia, que apenas subsistían con su exigua propiedad. De las 1512 casas que tenía la ciudad por entonces, sólo 170 pertenecían a propietarios laicos. La renta de la tierra, la múltiple fiscalidad (estatal, municipal, señorial y eclesiástica) , las operaciones especulativas en censos y ventas de granos, acentuaron la concentración de la riqueza, impidieron generar ahorro, una demanda sostenía y el desarrollo de una fuerte actividad industrial.
Los sectores industriales más importantes eran los destinados a satisfacer las necesidades primarias de la población: alimentación, vestido, calzado y vivienda. Se daba una producción autárquica en la que cada núcleo poblacional se proveí a sí misma para satisfacer sus principales necesidades.
En Palencia, la industria lanera sobresalió por encima de todas las actividades industriales. En 1692 había más de 200 telares y ocupaba a más de 3500 personas en Palencia y pueblos circundantes.
La mejora de la producción agraria e industrial rompió la tendencia regresiva del siglo anterior aunque no permitió un crecimiento demográfico importante.
Esta época vio la construcción del Canal de Castilla. Su objetivo era dar salida por mar a través del puerto de Santander, a los granos de Castilla. Aunque el proyecto sufrió múltiples vicisitudes y no alcanzó este objetivo, el impacto comercial e industrial del Canal fue extraordinario para la floreciente industria harinera de Palencia y Castilla. La realización del camino carretero de Reinosa a Santander y del camino del puerto de Guadarrama permitió l salida de los excedentes agrarios castellanos.
A inicios del siglo XIX Palencia aún no se ha recuperado demográficamente y se encuentra con la invasión napoleónica en 1808. Los palentinos tuvieron patriótica y decisiva intervención frente a las huestes napoleónicas.
El general Diego de Tordesillas, como presidente de la Junta de Armamento, decreta la movilización general ante la inminente llegada de las tropas acantonadas en Burgos.
En Torquemada los vecinos se resistieron heroicamente ante un enemigo muy superior. En Palencia se decidió desistir de una defensa sin posibilidad alguna y el 7 de junio de 1808 los franceses entraron en la ciudad. Posteriormente los franceses ocuparon los principales núcleos: Dueñas, Carrión, Aguilar, etc...
Las tropas castellanas del general Cuesta fueron derrotadas en Cabezón, y posteriormente, las tropas anglohispanas también fueron vencidas en Medina de Rioseco con lo que Castilla quedó por completo en manos francesas. Palencia fue ocupada por un fuerte contingente dada su posición estratégica en el eje Madrid-Irún. Sin embargo cientos de habitantes de la provincia formaron parte de las guerrillas.
La población hubo de soportar el mantenimiento de las tropas francesas. El comercio se hundió y la crisis económica duró décadas. A esta prolongación de la crisis contribuyó la inestabilidad política y la falta de continuidad del modelo liberal: el Trienio Constitucional fue breve, la desamortización de los bienes del clero y de la nobleza no revirtió en el campesinado, la guerra carlista tampoco favoreció.
Hasta 1834, con el Estatuto otorgado por la Regencia de Maria Cristina, no se implantaría definitivamente el sistema liberal capitalista.
Nace entonces una nueva sociedad: sistema electoral censatario y masculino, instalación de la igualdad personal ante la ley y la justicia, un nuevo sistema educativo conLa Leyde Moyano de 1857, etc.
Una de las medidas más transcendentales fue la desamortización. A lo largo del siglo XIX se vendieron en la provincia de Palencia en torno a 29.000 fincas por un precio de remate superior a 217 millones de reales. Las propiedades pasaron a manos de la nueva burguesía sobre todo harinera y rural, que potenciaron la producción cerealística. En la ciudad de Palencia, entre 1836 y 1868 cambiaron de propietario 529 edificios con un desembolso de más de 15 millones de reales.
La ciudad se transforma urbanísticamente, debido tanto al fenómeno de la desamortización que liberó grandes extensiones de propiedad urbana como al ascenso de la burguesía y en general de las clases medias al poder. Las condiciones de salubridad en el primer tercio de siglo eran pésimas, y ello se vio reflejado en las sucesivas oleadas de epidemias de cólera que sufrió la ciudad desde 1836.
La burguesía capitalina tomó medidas: alineación de calles, alcantarillado, pavimentado, derribo de murallas, apertura de espacios abiertos y ajardinados, mejora de traída de aguas potables a las fuentes públicas, dotación de centros asistenciales. También se notó la mano de la burguesía en una serie de medidas de carácter específico: rehabilitación del teatro (1836), creación de Institutos de Segunda Enseñanza (1845), plaza de toros (1856), etc.
En las elecciones municipales de 1931 las zonas agrarias (Saldaña, Carrión, Astudillo, Frechilla, Cervera) votan por la monarquía mientras las zonas más industriales (Barruelo, Guardo, Venta de Baños, Dueñas, Villarramiel, Baltanás y Palencia) lo hacen por la República. En el cómputo general, la provincia vota por la monarquía.
La política laica de la República es contestada fuertemente en la provincia. Se llegan a recoger 60.000 firmas en contra del Gobierno.
En las elecciones de 1933, gracias al voto femenino, la provincia se decanta por los conservadores.
La revolución de octubre de 1934 y su reflejo en la cuenca minera, radicaliza las posturas y en las elecciones de 1936 sólo hay dos candidaturas.
El 19 de julio de 1936, tras triunfar la sublevación en Valladolid, el regimiento de Villarrobledo toma el poder de la capital. Algunas localidades mineras resisten hasta la caía de Santander en 1937. El «maquis» sostendrá durante algunos años enfrentamientos en los montes palentinos conla Guardia Civil.
Durante la guerra, Palencia se organiza como provincia de retaguardia, movilizando todos sus recursos para el abastecimiento de las tropas sublevadas. Tras la victoria del ejército sublevado llegó la recompensa al apoyo: 31.806 palentinos tuvieron que abandonar sus hogares en la década de 1950; 47.557 lo tuvieron que hacer en la década de 1960.
La recuperación del nivel de vida anterior a la guerra civil no se produce hasta bien entrados los cincuenta.
A partir de 1960 se inicio de forma generalizada la mecanización del campo y como consecuencia, la despoblación del medio rural. Sin embargo, la producción agraria castellana no se encuentra lo suficientemente adaptada para competir con el resto de los países europeos.
La entrada en la CEE conllevó la entrada en la política agraria comunitaria que no ha podido resolver la situación agrícola de aumento de la producción y caía de la demanda de productos extensivos.
Actualmente el 76% de la producción industrial se la reparten los sectores de transformados metálicos (Fase Renault), alimentación y bebidas y agua-electricidad.